La Columna: El resplandor de la verdad
En el siglo XVIII, el abate Marc-Antoine Laugier imaginó cuál podría haber sido el origen mítico de la cabaña, y por tanto de la arquitectura misma. No tiene el más mínimo fundamento arqueológico, pero sí una gran evocación simbólica: localizados cuatro árboles convenientemente dispuestos, se desmochaban y quedaban sus troncos –bien enraizados- delimitando cuatro esquinas; encima se colocaban las ramas cortadas formando una techumbre. Así, los árboles custodian bajo sus cortezas a los antepasados de las columnas.
Laugier fabuló ese esquema haciendo ingeniería inversa desde el modelo del templo primitivo, cuya estructura de columnas de madera sostenía un armazón de techumbre del mismo material. Supuso que esos templos habían sido concebidos como evolución y enriquecimiento del tipo arquitectónico más sencillo: la cabaña. Y por lo tanto, como la historia de los templos hasta el período clásico sí se conocía, dejó establecida la idea de que los árboles habían pasado a ser postes o columnas de madera, y estas habían madurado en piedra. Es decir, los árboles se convirtieron en mármol. Y así podemos interpretar que la columna es, inicialmente, un árbol pétreo.
Carga y tensión

Si hacemos una lectura más práctica, utilitaria y prosaica, podemos decir que las columnas son soportes estructurales verticales que transmiten las cargas de las cubiertas y de los pisos intermedios sucesivamente, planta a planta, hasta descargar finalmente en el terreno.
Las columnas tradicionales de piedra trabajan únicamente a compresión, puesto que no había manera de ejecutar nudos empotrados de ellas con las vigas y demás elementos constructivos, y están sometidas al efecto del pandeo, lo cual les produce una considerable inestabilidad. Digamos de paso que cuando colapsa una columna de piedra no es casi nunca por soportar una compresión excesiva, sino porque la inestabilidad de la estructura hace que las líneas de compresión se “salgan” de ella y se generen zonas traccionadas.
La estabilidad trae belleza

Siguiendo el procedimiento de prueba y error, los constructores fueron comprobando durante siglos qué proporciones eran las más adecuadas en una columna para que las líneas de tensiones de compresión no se salieran de su directriz y con ello la desequilibraran. Así, las que aparecen en los tratados de arquitectura como más bellas y armoniosas eran sencillamente las que se habían mostrado como más estables y fiables. La estética es, por lo tanto, la consecuencia pre-científica de la búsqueda de un diseño estructuralmente correcto.
Podemos entender así que se convirtió en belleza lo que en principio fue una colección de recetas para la seguridad estructural. Y, de paso, reconforta saber que de una u otra forma siempre hemos visto que lo útil y bien configurado para su función es necesariamente bello. Que, como ya indicaron Platón y San Agustín, y más tarde sentenciaron arquitectos tan diferentes como Gaudí o Mies van der Rohe, “la belleza es el resplandor de la verdad” y no un mero capricho formalista.
Conviene aclarar una cuestión inicial: la columna tiene sección circular y el pilar, sección poligonal (sobre todo cuadrada). Por eso el pilar, históricamente, ha sugerido mayor tosquedad y rotundidad, mientras que la columna siempre ha sido mucho más liviana, grácil, sensual y elegante. La luz resbalando por su fuste liso o tropezando en las estrías acanaladas ha modelado su silueta y la ha ofrecido como un objeto precioso, a caballo entre la necesaria resistencia y la sugerida belleza, y lleno de complejas evocaciones.
Placer y castigo

Simbólicamente, las columnas, por su forma y proporción, e incluso por su función de fuerza y de soporte, han tenido siempre un cierto simbolismo fálico. Sobre esto hay una abundante bibliografía, de Sigmund Freud a Thomas Mical.
También, y más aún, se han considerado antropomorfas: seres humanos soportando un peso. Esta interpretación ha sido compatible con su forma característica, ligeramente ahusada, pero a veces las columnas han sido esculpidas directamente con forma humana, haciendo explícito y obvio ese simbolismo, y se las ha hecho tanto mujeres (cariátides) como hombres (atlantes). No es casual la elección de esos personajes mitológicos, pues las cariátides, según cuenta Vitruvio, eran las habitantes de Carias, en Macedonia, que fueron convertidas en esclavas por los griegos y forzadas a llevar una pesada carga, y Atlante o Atlas fue un titán condenado por Zeus a cargar sobre sus hombros con la bóveda celeste.
Un triunvirato atemporal

El habitual esquema tripartito de la columna, basa-fuste-capitel, tiene un fundamento constructivo y estructural: dotar a la columna de más estabilidad. El fuste es el cuerpo de la columna, que baja las cargas a la planta inferior o a la cimentación, y tanto la basa como el capitel son elementos de reparto de cargas que mejoran el apoyo de las vigas sobre la columna, y el de esta sobre el cimiento o sobre los elementos de la planta inferior, mejorando la estabilidad a la vez que reducen el punzonamiento. Pero también esa razón constructiva se cargó de simbolismo antropomorfo (pie-cuerpo-cabeza), y también estético y compositivo (base-zona intermedia-remate), que cambiado de escala ha servido de criterio a lo largo de los siglos para diseñar edificios completos, desde los palacios renacentistas hasta los rascacielos.



