La Cúpula: Un juego de dimensiones
Los diccionarios definen el término “cúpula” como un tipo de “bóveda”, y en algunos casos hacen sinónimas las dos palabras. Pero tanto constructiva como espacialmente, son elementos muy diferentes. Si la bóveda es una sucesión de arcos en carrera a lo largo de una línea, la cúpula es un arco en revolución en torno a su eje de simetría.
Una contradicción simbólica

La cúpula por antonomasia es la celeste. Tumbados en el campo una despejada noche de verano miramos hacia arriba sintiéndonos el centro de todo, y allí está la semiesfera que nos protege, pero también nos empequeñece y, en ocasiones, nos amenaza.
A partir de esa primera impresión, el ser humano quiso, desde muy antiguo, construirse un falso cielo protector y más benigno que el real. Un cielo desde el que no lloviera, del que no cayeran rayos ni granizo. Un cielo doméstico y controlado que lo protegiera del verdadero.
Entonces, toda cúpula construida es una contradicción: nos cubrimos de las inclemencias y amenazas del cielo y a la vez lo evocamos. Algunas incluso tienen una decoración estrellada, y muchas están rematadas con una linterna o con un óculo por donde penetra la luz del sol apoderándose del espacio, como en el cielo diurno real.
El 'horror vacui' o el vértigo del espacio vacío

A diferencia de la bóveda, la cúpula es estática. Crea un espacio cóncavo congelado en horizontal y dinámico en vertical. Por ejemplo, cuando terminas de subir por el tambor prismático octogonal de la cúpula de Florencia, ya estás a una considerable altura, y justo ahí, antes de emprender la ascensión entre las dos cáscaras de la cúpula propiamente dicha, te asomas al interior de la iglesia. Estás mucho más alto de lo que creías mientras subías a ciegas, y al mirar hacia abajo (aún más por culpa de ese dibujo en perspectiva que hace el suelo) sientes mucho vértigo. Pero luego miras hacia arriba y sientes aún más. Y te da tanto miedo caer hacia la tierra como caer hacia el cielo. En el juego de ambas fuerzas contrarias parecería que si te lanzaras al vacío, te quedarías flotando en medio.
Pero cuando miras una cúpula desde abajo, que es lo más habitual, solo sientes la tensión espacial ascendente. Es como si estuvieras dentro de un enorme huevo metafísico, de un orbe, de un útero materno en donde, aunque compartas ese espacio con una multitud (como en el Panteón de Roma) miras hacia arriba y estás tú solo en el vacío, y sientes no solo el espacio arquitectónico en su esencia, sino tu pertenencia a él y tu relación con algo muy superior a ti.
Un juego de dimensiones

Como con el arco y con la bóveda, volveríamos a hablar de los caminos de las líneas de compresión, pero en la cúpula ocurre algo sorprendente en la tercera dimensión.
El arco y la bóveda solo se curvan en una dirección, y por lo tanto no podemos concebirlos abiertos arriba, sin clave. Eso haría que el conjunto no encontrara continuidad, no pudiera sujetarse y colapsara. Sin embargo en la cúpula se da muy habitualmente esa interrupción: un agujero en todo lo alto, sobre el que, para mayor perplejidad, se suele construir una linterna muy pesada; y la cúpula no se cae.
Esto es porque el arco generador, ese que da vueltas alrededor de la vertical central, que si estuviera aislado o formando una fila caería, se cierra y se sujeta en la otra dimensión y el agujero superior no queda suelto, sino que es un anillo cerrado comprimido.
Una tipología que evoca el universo conocido

La cúpula básica, la inicial, es la semiesférica, que sería un arco de medio punto rotando respecto a su eje vertical. A partir de ella podemos encontrar otras con arcos apuntados o parabólicos, también en revolución.
Más complejo es cuando la cúpula no tiene una planta circular, sino poligonal, elíptica, o incluso compuesta. Esto complica mucho la construcción y complejiza el espacio. El problema da pie a soluciones muy creativas:
Cúpula sobre pechinas: De una planta cuadrada se pasa a una cúpula de base circular haciendo la transición mediante cuatro “triángulos esféricos”, uno en cada esquina. Entre los muchos ejemplos destaca la bella y elegantísima Santa Sofía de Constantinopla.
Cúpula sobre trompas: De una planta cuadrada se pasa a una cúpula octogonal achatando las cuatro esquinas del cuadrado con trompas, que son como semiconos truncados. Un ejemplo notable es el Baptisterio de San Giovanni in Fonte, de Nápoles.
Cúpula poligonal: De cada vértice del polígono surge un nervio en arco, y entre los nervios se tienden los paños de fábrica. Ejemplo formidable es Santa María del Fiore, en Florencia.
Cúpula bulbosa: Su mayor diámetro no está en el arranque, sino un poco más arriba, de manera que la sección de la cúpula se ensancha antes de empezar a disminuir. Un ejemplo curioso son las cúpulas “en cebolla” de la Catedral de San Basilio, en Moscú.
Cúpulas compuestas: Pueden llegar a soluciones complejísimas, a locuras increíbles y a desafíos asombrosos. Entre las más geniales tenemos dos del grandísimo Borromini: la de San Carlo alle Quattro Fontane y la de Sant’Ivo alla Sapienza, ambas en Roma.
Volviendo al símbolo del principio, vemos que la evolución en el diseño de las cúpulas ha sido paralela a la del conocimiento del universo, y quizá sea por eso por lo que nos sentimos tan fascinados, tan conmovidos, tan perdidos, tan insignificantes y tan estremecidos cuando estamos bajo una de ellas.



