El Arbotante: Una solución ligera
Un arbotante es un elemento estructural externo que conduce los empujes de una bóveda hacia unos elementos separados del edificio, liberando así los muros. Sin ellos, las bóvedas conducen las tensiones de compresión hacia abajo, a lo largo de su curvatura, y las entregan a los muros cuando se apoyan en ellos. Pero, en esa transición, las componentes horizontales de los esfuerzos tienden a inclinarlos hacia fuera y a abrir la bóveda, desequilibrando y desestabilizando todo el conjunto.
El peso estabilizador

Los antiguos resistían esos empujes con masa: unos muros de gran espesor, muy pesados, que además estaban reforzados con grandes contrafuertes que se les adosaban. Es decir: el nocivo empuje de las bóvedas solo se sabía resistir con peso. El peso estabiliza.
Imaginemos una pila de libros sobre una mesa. Con un simple manotazo lateral la podemos derribar fácilmente. Ahora pensemos en esa misma pila pero con un gran peso encima, por ejemplo una persona sentada sobre ella. El mismo manotazo de antes ya no la tirará. Habría que hacer bastante más fuerza. Así, la primera y elemental intuición que tenemos para que una estructura vertical de fábrica resista una componente horizontal es hacerla muy pesada.
La brillantez de una solución ligera

Pero, con el gótico, los maestros constructores tuvieron una idea brillante para solucionar ese problema: en vez de oponerse con testarudez a ese empuje, poniéndole lastre y sujetándolo como si le cerraran una puerta muy sólida y pesada, asumieron que era mucho mejor dejarlo pasar, pero marcándole un camino, conduciéndolo a otro sitio y quitándoselo de en medio.
Así inventaron el arbotante, que era una especie de híbrido entre un puntal inclinado y un medio arco, muy ligero y esbelto, el cual conducía ese empuje a unos elementos verticales separados de los muros, llamados botareles o estribos.
El problema no quedaba realmente resuelto, pero sí desplazado a otro sitio, que no es poco. Seguían necesitándose elementos pesados y no muy elegantes para resistir los empujes horizontales de las bóvedas. Pero al menos esos colosos quedaban apartados de los muros, que de pronto se vieron libres de la ingrata presión, y a partir de entonces pudieron ser mucho más altos y más delgados.
Ahora eran tan ligeros, y ya tan innecesarios para su otrora pesadísima función, que incluso fueron horadados con grandes vidrieras. Y así el espacio gótico resultó mucho más amplio, ligero, aéreo y luminoso que el románico. Gracias a los ingeniosos arbotantes.
Repartiendo juego

Pero no se quedó ahí. La misión de los arbotantes evolucionó hacia algo aún más interesante. Una sola línea de ellos podía conducir los esfuerzos a los pesados y rudos botareles. Sin embargo, para mejorar ese primer esquema de línea de transmisión única, se podían plantar dos líneas de arbotantes, una a continuación de otra. Qué idea más sencilla.
La primera línea recogía los esfuerzos de la bóveda y los llevaba hasta una fila de botareles, que ahora solo se hacían cargo de una parte de esas fuerzas, y dejaban a una segunda familia de arbotantes la misión de trasladar el resto a otro conjunto nuevo de botareles. Con ello, el problema de presión causado por la bóveda se repartía y se iba dividiendo y alejando de ella, diluyéndose cada vez más.
De esta forma, además, los botareles ya no debían ser excesivamente grandes ni pesados, y toda la estructura podía gozar de las mismas cualidades de ligereza y elegancia. Ya no había unos elementos sacrificados a la tosquedad y a la rudeza para que otros, los muros, disfrutaran de una descansada levedad, sino que ahora las cargas se repartían mucho más equitativamente y todos pudieron aligerarse.
Una sucesión de arbotantes es una sucesión de emisarios que van repartiendo juego y comprometiendo a la tarea común a más elementos constructivos. Delegan parte de su misión o, mejor dicho, hacen una parte del trabajo y pasan el resto a otros.
Especialización del arbotante

Respecto a delegar, hay casos en los que los arbotantes están especializados y solo se ocupan de un problema, que a su vez reparten. Sucede en la catedral de Reims, donde hay dos familias de arbotantes muy próximas, una encima de otra. La de abajo absorbe y traslada el empuje horizontal de la bóveda, mientras que la de arriba se encarga de la fuerza del viento. ¿Y cómo sabe cada una cuál tiene que resistir? Pues porque los constructores, carentes de la más mínima noción de cálculo, tenían en cambio una perfecta intuición de la distribución de los empujes.
El cálculo fue muy posterior a la solución

Como con otros elementos estructurales sabiamente diseñados, tuvieron que pasar bastantes siglos para que alguien calculara los arbotantes a posteriori y comprobara, una vez más, la enorme agudeza iletrada y el fructífero ingenio espontáneo de aquellos pioneros de la construcción. En este caso, uno de los grandes referentes del cálculo de estructuras góticas, probablemente el primero que supo estimar y explicar científicamente las tensiones que resistían los arbotantes, fue el arquitecto alemán Georg Gottlob Ungewitter a mediados del siglo XIX, casi setecientos años después de que se construyeran los primeros.
No deja de sorprendernos ni de admirarnos que, muchos siglos antes de poseer la herramienta de cálculo para dimensionar los arbotantes, aquellos lúcidos maestros crearan esas piezas fundamentales, instauradoras de una tarea colaborativa y solidaria, en la que todos los elementos son personajes importantes que reciben instrucciones y trabajan para el bien del conjunto.



