La bóveda, como el arco, conduce las cargas verticales hacia los lados y evita la flexión. Pero si el arco resuelve ese problema en una línea, la bóveda lo hace a lo largo de una superficie, porque la bóveda es, en definitiva, una sucesión de arcos, uno detrás de otro, que forman un túnel. O, dicho de otra manera, es un arco que se desplaza, replicándose y reproduciéndose a lo largo de una línea.

Una bóveda de piedra o de ladrillo es una superficie cubierta muy grande en comparación con las pequeñas piezas que la forman. Para conseguir mantenerse sin que esas piezas se desmoronen, tiene que adquirir la única forma posible: de nuevo, como en el arco, la compresión pura dicta la curvatura. El alabeo cilíndrico es lo que consigue mantener todo el conjunto en equilibrio.

Un espacio cóncavo dinámico

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La bóveda no tiene una vocación estática como la cúpula, sino que está claramente orientada. Impone un movimiento. Lo que cubre, más que una superficie, es una dirección. Las bóvedas configuran recorridos: soportales, claustros, naves de las iglesias buscando el altar, deambulatorios… Al fin y al cabo una bóveda es un deambular, un pasear, un caminar bajo un falso cielo (bóveda celeste) acogedor.

La bóveda, cóncava y alargada, parece tirar de nosotros simultáneamente hacia arriba y hacia delante. Sugiere un cierto fenómeno de ingravidez, como si su concavidad nos succionara y al mismo tiempo su orientación nos empujara hasta su extremo.

El aprendizaje de la complejidad

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La bóveda esencial es un semicilindro recto, una superficie curva limpia con una sola dirección de curvatura. En su sencillez, que no simplicidad, hallamos su elegancia. Pero si hay algo que le ha gustado siempre al ser humano ha sido complicarse la vida, y por eso se han creado bóvedas de crucería con nervios insertados, divisiones, gajos, ramificaciones… Hay bóvedas que se apoyan sobre otras bóvedas, bóvedas de diamante, de lunetos, de paños, bóvedas que se abren como flores y que se deshacen como hojaldres.

A veces las bóvedas se han complicado y se han hibridado porque no ha habido más remedio para buscar la entrada de luz, o para cubrir una planta irregular, o para lograr unos acuerdos difíciles a distinto nivel. Pero otras veces ha sido por puro capricho y por el orgullo del alarde. En conclusión, hay innumerables tipos de bóvedas, y sus variantes, y las variantes de sus variantes. Estas son las más características:

La bóveda elemental, como hemos dicho, es la de cañón. Un semicilindro circular recto. El paso siguiente es apuntar la curva y pasar con ello de la semicircunferencia a la parábola, más efectiva estructuralmente pero, sobre todo, más esbelta y como con más ganas de elevación. En la arquitectura de Gaudí tenemos numerosos ejemplos de bóvedas apuntadas: desvanes de las casas Milá y Batlló o colegio de las Teresianas.

La bóveda nervada o de crucería lleva inscritos unos arcos tanto transversales como diagonales, que forman estrellas no meramente decorativas, sino que portan las líneas interiores de fuerza. Ejemplos importantes los podemos ver en las catedrales de Reims, de Astorga o de Winchester, entre muchas otras.

La bóveda de lunetos está interrumpida lateralmente por otras más pequeñas que la muerden para dejar huecos para ventanas. Tenemos ejemplos famosos en la Capilla Sixtina, de Roma, en la iglesia de San Sulpicio, de París y en el aula magna de la Universidad Pontificia de Salamanca.

La bóveda anular es la que forma una curva en planta, por lo que su superficie es un semitoro en vez de un semicilindro. Ejemplos famosos de bóvedas anulares los podemos ver en el Palacio de Carlos V de la Alhambra de Granada o en el Coliseo de Roma.

Resistir el empuje

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Como el arco, la bóveda ha sido usada desde los tiempos más remotos, y sus constructores, partiendo de la mera intuición y corrigiéndola posteriormente por las experiencias de prueba y error, llegaron a alcanzar una enorme maestría en su ejecución muchos siglos antes de que en el XIX se empezara a entender técnica y científicamente su funcionamiento.

El éxito de la bóveda se logra dándole una forma cuyo trazado permita que las compresiones no se salgan, pero también resistiendo los empujes asociados e indeseados que esa forma produce. La brillantez, la vistosidad y la elegancia de una bóveda tienen siempre mucho que agradecer a sus sufridos apoyos. La eficacia de la bóveda impone una condición y un fuerte compromiso a los elementos que la sustentan, puesto que el ágil trazado de las compresiones que dibuja la delicada curva remata al final con un considerable empuje horizontal, que penaliza a los muros o a los soportes verticales sobre los que se levanta, lo cual obliga a reforzarlos con contrafuertes y otros elementos capaces de disipar esos esfuerzos.

De alguna forma la bóveda celeste, el sublime éter liviano de nuestros sueños, solo puede funcionar si tiene los pies en la tierra; es decir, si está perfectamente anclada al suelo y resistida por elementos pesados, lo cual no deja de ser una sabia metáfora de lo que es la arquitectura y de lo que son la vida, los anhelos y las pretensiones de los humanos.

Equipo editorial dormakaba

J. R. Hernández Correa

José Ramón Hernández Correa

José Ramón es doctor arquitecto con estudio propio desde 1985. Desde 2019 compagina su trabajo como profesional liberal con la enseñanza de Estructuras en la Universidad Rey Juan Carlos. Es autor de los libros ‘Necrotectónicas. Muertes de arquitectos’ (2014, 23 relatos sobre las muertes de 23 arquitectos famosos), ‘La oreja del cíclope’ (2005, novela sobre la guerra civil española) y ‘La hoja desnuda’ (1998, novela sobre la vida del arquitecto Frank Lloyd Wright).

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