Casi todos los edificios que conocemos tienen las paredes verticales y los suelos horizontales, y casi todas sus dimensiones, su percepción y su uso se mueven en esa concepción ortogonal. Pero también en casi todos ellos hay una excepción: las escaleras. La inclinación de la escalera enriquece el espacio, lo dinamiza e introduce en él un elemento anómalo.

La escalera tiene también algo de inquietante. Está en tierra de nadie, entre dos plantas, ni en una ni en otra. Es un lugar de transición. En una escalera no se está, o se está muy provisionalmente. En una escalera se va de camino hacia otro sitio, pero mientras tanto no se está en ninguno.

Indomable, no se deja dibujar en un plano de planta porque esta es horizontal y la escalera no lo es. Por lo tanto, para poderla representar hacemos trampa: dibujamos solo el arranque de la que sube desde esta planta, la dejamos escapar y perderse por encima, y de la que viene desde la inferior hacemos solo el fragmento final, de llegada o desembarque en esta, sin ni siquiera asomarnos al inconcebible abismo desde donde procede. Además, bajo el primero de todos los tramos a menudo se proyectan un trastero o un aseo. ¿Hasta dónde dibujamos la escalera para poder dibujar a la vez lo que alberga bajo su losa inclinada?

Un tránsito del alma

The Staircase In post 1

La escalera es la estela petrificada del movimiento ascendente o descendente de quienes la usan. Toda escalera rememora el famoso cuadro de Duchamp, porque es la narración de un viaje. Antes hemos escrito “desembarque”, porque la escalera es una travesía, una navegación acaso procelosa, y cuando llegamos al puerto de destino bajamos de ella sanos y salvos, nos apeamos aliviados y finalmente tranquilos.

Quienes hayan vivido de niños en una casa con escalera recordarán el miedo. ¿Se tiene más al subir o al bajar? Se tiene a no estar aún, a la expectativa de lo que nos vamos a encontrar, a la sorpresa que nos puede esperar en el punto de destino. Se está deseando terminar de una vez el tránsito y llegar. Interpretando ese miedo y esa emoción, Gaston Bachelard afirma que la escalera de sótano siempre se baja, porque subirla es trivial y olvidable, que la de entre pisos se sube y se baja, y que la de la buhardilla siempre se sube.

Una partitura de armonía exacta

The Staircase In post 2

También, quien tuvo una escalera de niño recordará durante toda su vida la alegría de subirla o bajarla de dos en dos peldaños, de tres en tres, de cuatro en cuatro, o a la pata coja, o, ay, deslizándose por el pasamanos.

A quien ya no es niño la escalera le requiere un esfuerzo físico que ya no está en condiciones de dar alegremente. Cambiar de planta no es baladí. Para poder permitirlo con alguna pretensión de éxito es necesario un acertado diseño que implica conocer el ritmo de los pasos, la aceleración del corazón, los jadeos. Diseñar una escalera es como escribir una partitura de armonía exacta y compás preciso y bien medido.

Peligro en tres dimensiones

The Staircase In post 3

La escalera habitual de dos tramos puede subir o bajar un número indefinido de plantas sin problema, también sin mayor misterio. Está domesticada, contenida en un hueco rectangular, la caja de escalera, que coincide planta a planta. Se deja entender e incluso diseñar porque en su mismo ámbito tiene alojadas la llegada a un piso y la salida al siguiente.

Pero otras formas de escalera: de un tramo, de caracol, en ele…, siempre pueden adolecer del peligro de la cabezada, es decir, de no tener reservado por encima el suficiente espacio libre para pasar con holgura, sino que de la manera más inoportuna se les cruce cualquier otro elemento ajeno e incluso contradictorio con ellas.

Diseñar una de estas escaleras indómitas y asilvestradas es difícil, porque se mueven en las tres dimensiones y entran en conflicto con lo quieto, que siempre tiene otras intenciones y otra manera de estar. Estas escaleras siempre están a punto de escapársenos, de golpearnos la cabeza, de encabritarse y de tirarnos al suelo.

Dada la amplia colección de peligros inherentes a las escaleras, la normativa, so capa de la seguridad, aborta la posibilidad de concebir cualquiera que sea sugerente; acaba con la creatividad espacial de la escalera porque no soporta que en ella pasen cosas. Nos ha sido impuesta para evitar las malas, pero también arrambla con las buenas, y todo resulta en un aburrimiento anodino.

La derrota del ascensor

The Staircase In post 4

El invento del ascensor parecía que iba a acabar con la escalera, pero ahora resulta que los médicos la recomiendan, que los claustrofóbicos la prefieren y que, sobre todo, en caso de emergencia se nos pide que no nos fiemos de los traicioneros medios mecánicos y que confiemos solamente en la tradicional sucesión de sólidas, leales huellas y tabicas.

Y, por lo tanto, ahí sigue la escalera, más viva que nunca, invitándonos siempre a bailar el tango o el pasodoble de su trayecto mientras, si tenemos resuello suficiente, somos capaces de tararearlo e incluso de silbarlo.

Equipo editorial dormakaba

J. R. Hernández Correa

José Ramón Hernández Correa

José Ramón es doctor arquitecto con estudio propio desde 1985. Desde 2019 compagina su trabajo como profesional liberal con la enseñanza de Estructuras en la Universidad Rey Juan Carlos. Es autor de los libros ‘Necrotectónicas. Muertes de arquitectos’ (2014, 23 relatos sobre las muertes de 23 arquitectos famosos), ‘La oreja del cíclope’ (2005, novela sobre la guerra civil española) y ‘La hoja desnuda’ (1998, novela sobre la vida del arquitecto Frank Lloyd Wright).

Ir a la página del autor José Ramón Hernández CorreaSaber más

Artículos relacionados