Así afecta el cambio climático al diseño de los sistemas de acceso

Durante años, el cambio climático se ha abordado principalmente como un reto medioambiental o energético. Los fenómenos meteorológicos extremos, la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se alzan entre los riesgos globales que más preocupan. Sin embargo, hay cada vez más voces que defienden afrontar el problema también como un desafío de diseño, que impacta directamente en cómo se conciben, construyen y operan los edificios y las estructuras.

La necesidad de replantear el entorno construido

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Las ciudades y edificaciones se encuentran en primera línea de exposición a olas de calor, lluvias extremas, episodios de humedad prolongada o contaminación persistente. Este escenario invita a replantear el diseño del entorno construido para hacerlo más resiliente, confortable y saludable, capaz de mejorar la calidad de vida de las personas.

Aunque ya existe una mayor concienciación entre diseñadores, arquitectos y gestores de instalaciones sobre la evolución acelerada del clima, el consenso creciente es que las acciones actuales no están siendo lo suficientemente transformadoras o rápidas. Anticipar las condiciones climáticas futuras exige repensar la planificación urbana, la selección de materiales, la orientación de los edificios, la evaluación de riesgos y la integración de soluciones naturales y técnicas.

Sistemas de acceso capaces de soportar mayor estrés

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En este proceso, los sistemas de acceso y control suelen quedar fuera del foco. Puertas, cerraduras o dispositivos se han diseñado históricamente bajo supuestos climáticos que ya no siempre se cumplen. El estrés térmico, la exposición al agua o la degradación acelerada de materiales afectan directamente a su fiabilidad, incluso cuando el resto del edificio parece seguir funcionando con normalidad.

Más allá de su función cotidiana, el acceso se ha convertido en uno de los pilares de cualquier infraestructura crítica. Condiciona la seguridad de las personas, así como la continuidad operativa de edificios estratégicos, como aeropuertos, instalaciones sanitarias, centros de datos o centrales de energía, y la capacidad de respuesta general ante emergencias.

Repensar estos sistemas desde la resiliencia climática no es una cuestión técnica aislada, sino una decisión de diseño con un impacto directo no solo en los entornos residencial o corporativo, sino también en el ámbito de los equipamientos más esenciales.

Calor extremo, humedad, inundaciones, polvo en suspensión

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El cambio climático no introduce un único problema, sino una combinación de factores ambientales que actúan de forma continua sobre el conjunto de un edificio. Para los sistemas de acceso, esto implica operar en condiciones más agresivas y menos previsibles que aquellas para las que se concibieron.

El pasado 2024 fue el más cálido en 175 años de registros. El aumento sostenido de las temperaturas y la mayor frecuencia de episodios de calor extremo alteran el comportamiento físico de puertas y cerramientos, afectando a la estabilidad de componentes electrónicos. La dilatación de materiales y la exposición prolongada al calor obligan a replantear tolerancias, ubicaciones y expectativas de rendimiento a largo plazo, especialmente en accesos exteriores.

La humedad persistente y la salinidad, especialmente en entornos marítimos, aceleran los procesos de corrosión y degradación. Elementos que funcionan correctamente en climas templados pueden perder fiabilidad cuando se exponen de forma constante a vapor de agua, lluvias intensas o atmósferas salinas, convirtiendo el entorno en un factor determinante del diseño.

Las inundaciones y la entrada de agua representan uno de los riesgos más visibles. No solo afectan a puertas y dispositivos situados a nivel del suelo, sino que pueden comprometer la operatividad de edificios enteros cuando el acceso deja de ser funcional en momentos críticos. Diseñar para eventos puntuales ya no es suficiente cuando el riesgo se vuelve recurrente.

A estos factores se suman el polvo, la arena y la contaminación urbana, que generan un desgaste progresivo. Las tormentas de arena y polvo, junto con la degradación del suelo y la expansión urbana, incrementan la exposición de los sistemas de acceso a partículas que afectan a mecanismos, juntas y sensores.

Cerca de 2 mil millones de toneladas de polvo son emitidos a la atmósfera cada año. En 2024, las tormentas de arena y polvo afectaron a 330 millones de individuos en 150 países, y tienen el peso suficiente como para que se haya declarado el periodo 2025-2034 como el Decenio de las Naciones Unidas para la Lucha contra las Tormentas de Arena y Polvo.

De la durabilidad a la resiliencia climática

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Tradicionalmente, los sistemas de acceso se han diseñado para funcionar bajo condiciones ambientales relativamente estables. El cambio climático desplaza ese marco de referencia: ya no se trata solo de resistir el paso del tiempo, sino de mantener la funcionalidad durante episodios de disrupción.

Este giro implica priorizar la resiliencia climática frente a la mera durabilidad. La elección de materiales capaces de soportar exposición prolongada al calor, la humedad o la contaminación, así como la protección frente al agua y al polvo, se convierte en una decisión estratégica, especialmente en puntos críticos del edificio.

La resiliencia también se apoya en la redundancia funcional: la capacidad de un sistema para seguir operando —o recuperarse rápidamente— cuando uno de sus componentes falla. Un enfoque clave para garantizar la continuidad operativa y la seguridad de un edificio.

Los sistemas de acceso evolucionan de elementos pasivos a actores activos dentro de la estrategia de resiliencia del edificio. La monitorización remota del estado del sistema permite detectar degradación o fallos durante eventos extremos, facilitando una respuesta más rápida y mejor informada.

Más allá del hardware, el cambio climático obliga a reconsiderar las reglas que gobiernan el acceso. En situaciones de emergencia o restricciones operativas, los edificios necesitan ajustar dinámicamente flujos y permisos. La integración del acceso con planes de evacuación y estrategias globales de gestión del edificio refuerza la capacidad de respuesta ante eventos extremos.

Diseñar con una visión a largo plazo

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Al igual que la arquitectura y la infraestructura están incorporando criterios de adaptación, los sistemas de acceso han de evolucionar como parte integral del edificio. Su fiabilidad y capacidad de respuesta frente al estrés ambiental influyen directamente en la seguridad, la continuidad operativa y la experiencia de las personas.

Mirando al futuro, la resiliencia deja de ser un valor añadido para convertirse en un criterio fundamental de diseño. Concebir accesos preparados para un clima cambiante no es anticiparse a un escenario lejano, sino responder de forma responsable a una realidad que ya está aquí.

Estudios de organismos internacionales como la OCDE, el Banco Mundial y la UNEP estiman que incorporar resiliencia climática en nuevas inversiones de infraestructura tiende a aumentar los costes alrededor de un 3 % frente a la inversión base, un sobrecoste que contrasta con los beneficios de reducir interrupciones y daños futuros.